Hace un par de horas que acabó. La culminación de un sueño, de una cita anhelada durante algo más de 11 años. El milagro jamás esperado. El deseo hecho realidad.
Ya desde anoche los más fieles aguardaban en torno a un Estadio Olímpico que ha mostrado una imagen espectacular. 70 mil personas acompañando a la voz de Bunbury. 70 mil personas llegadas de todos lados. El estadio, repleto. Increíble. Probablemente el mejor concierto de toda la gira. Con una química tremenda entre Enrique Bunbury y el público. Con guiños esperanzadores entre los miembros de la banda (aunque sepa que miente, aunque sepa que es falso). Pero vayamos por partes…

Llegué al estadio ligeramente pasadas las 6 de la tarde. Aparcar en los aledaños era imposible, y yo que me alegro, porque ya me conozco el caos que se forma para salir de allí en cuanto se juntan cinco mil personas. El ambiente en los alrededores era espectacular… Coches, autobuses y gente, mucha gente. Camisetas negras, y simbología del grupo dominan el horizonte. Al fondo, el estadio ya con las puertas abiertas. Nos decidimos a entrar sin más dilación por el Tunel Sur, una vía de acceso subterránea al estadio donde los equipos dejan los autobuses las pocas veces que hay partido. Al fondo una luz. La del estadio. Abrimos los ojos. Frente a nosotros está todo.

Viendo la ubicación del escenario, y a sabiendas de que más que probablemente (salvo milagro) será el último concierto de Héroes del Silencio que vea, opto por irme a las gradas. Conozco bien el estadio y sé cuál es la mejor ubicación… y allá vamos, escaleras arriba. Hasta llegar al sitio… Aquel de la percepción única e irrepetible de todo lo posible y lo imposible.

3 horas antes del concierto. Eso es lo que recoge esta última imagen. Abajo podeis ver dos zonas… La más cercana al escenario es la zona preferente. El resto, entradas de categoría general. Horas más tarde no cabría un alfiler en toda la zona baja del estadio, y el graderío terminaría quedando prácticamente copado.

Pero entremos en matería… El concierto, como todos los de la gira, se dividió en tres fases más dos tandas de tres bises cada uno. La novedad estuvo en que por primera y posiblemente última vez en la gira, en el primer tramo de los bises (Oración y Tumbas de Sal) salió Phil Manzanera para acompañar a Gonzalo y Juan Valdivia a la guitarra.

El inicio, el esperado. Song to the Siren, las pantallas y El Estanque. A Bunbury se le ve cómodo. Conecta rápidamente con el público y si bien repite los interludios de los conciertos anteriores, hoy se permite hablar un poco más, incluso se le ve algo más locuaz. El set list evoluciona por los derroteros esperados y ya conocidos, aunque se introduce alguna novedad que Bunbury se permite presentar como “una de esas canciones que casi nunca tocamos y la gente apenas conoce”. Se refiere a Bendecida y Despertar que sonaron en el primer tramo junto a Deshacer el Mundo, Mar Adentro, La Carta, Sirena Varada, Opio y La Herida; quedándose fuera Agosto y Fuente Esperanza con respecto al concierto del 12 de Octubre en La Romareda (Zaragoza).

La química por ese entonces es total, y no sólo fuera del escenario. La banda se mueve como pez en el agua, incluso Gonzalo Valdivia, al que se le nota vibrar y disfrutar con cada nota. Los miembros han sido presentados para ir pasando al escenario donde se toca el set acústico (curiosamente íntimo, ante 70 mil personas. El estadio totalmente a oscuras y sólo unos focos iluminando a los músicos maños). “Les voy a presentar a esta banda de pendejos” dice Bunbury con sorna. Y aparece Pedro Andreu, le sigue Joaquín Cardiel, “el último cherokee”, después Gox Valdivia “sangre de su sangre” y por último Juan Valdivia “quítense el sombrero los que lo traigan. Háganlo como él merece”. Bunbury se entrega a los suyos y enlazan con La Mala Hora. Aquí no ha habido variaciones con respecto al último setlist: Apuesta por el Rock & Roll (que nunca fue incluída en un álbum de estudio), Héroe de Leyenda, Con Nombre de Guerra y No más Lágrimas.

El escenario vuelve a derrochar luz. Las 4 pantallas principales suben y ahora pasan a formar parte activa del show. Antes acompañaban mostrando imágenes alusivas a los videoclips de los temas, desde lo más alto al principio y desde abajo en el set acústico. Ahora oscilan en altura, suben y bajan y siguen con la concatenación de imágenes en movimiento. La coordinación del sonido con las luces es total. Los punteos de los Valdivia y el trabajo en la Batería de Pedro Andreu se ven reforzados con el trabajo de los focos. El hermanamiento de los Valdivia es tal, que hasta sus guitarras tienden a encontrarse en el camino del escenario para compartir los momentos más importantes del show.

Y llegamos a la etapa final. Suena Nuestros Nombres. El rock se adueña de La Cartuja antes de que Bunbury anuncie “otra de esas que nunca tocamos” refiriéndose a El Mar No Cesa (otra que nunca se editó en la discografía previa a la disolución del grupo). Pero de repente la oscuridad vuelve a reinar en el estadio. De repente, suena la guitarra. Un foco ilumina a Juan Valdivia. Atraviesa el pasillo central mientras toca los primeros acordes de Entre Dos Tierras. Sevilla estalla, el clamor se hace único, un grito enfervorizado de devoción sube al cielo haciendo temblar (literalmente) el estadio.

La gente sabe que se acerca la recta final. Han pasado casi dos horas prácticamente sin cesar (sólo Bunbury ha salido del escenario una vez para ponerse la camisa con lentejuelas antes del final del show). A partir de ahí, Iberia Sumergida, Maldito Duende y Avalancha, con llamaradas en el escenario y con el respetable totalmente enloquecido. ¿Fin? Eso dice la banda, que se marcha dando las gracias… pero faltan los bises, y absolutamente nadie se mueve del estadio. La banda no se hace de rogar y en 3 minutos vuelven al escenario para deleitarnos con la sorpresa de la noche. Sube Phil Manzanera, elogiado previamente por Bunbury, quien lo responsabiliza de haberlos convertido en lo que son, y llega la hora de las guitarras. El dinosaurio es Manzanera, el maestro Valdivia, y el aprendiz Gox. Juntos inician Oración y por momentos se reúnen en apenas tres metros, en fila, para compartir momentos de Tumbas de Sal.

Manzanera se marcha, pero aún hay tiempo para más. Para el presunto fin de fiesta. Bunbury pide a la organización que apague las luces, y a los asistentes que le iluminen con “sus mecheros, sus teléfonos, sus playstation o lo que quiera que hayan traído” para el gran momento. Llega La Chispa Adecuada y consigue lo que quiere. La imagen, estremecedora y ensoñadora a la par. Una oscuridad moteada de pequeñas fuentes de luz. Algunos incluso con pequeñas bengalitas traídas a tal efecto a sabiendas del emotivo momento que tocaría vivir. El tema se acaba, vuelan papelillos brillantes junto al escenario y todo toma carices de final apoteósico… Pero falta algo más.

Entran los coches de la organización a recoger a la banda y suenan pitos… Tranquilos, todo es teatro. Los que hemos seguido la gira sabemos que faltan tres temas… y llega la recompensa. Bunbury vuelve a salir… se ha vuelto a cambiar, deja las lentejuelas y se pasa al chalequillo. El nuevo set empieza con Tesoro mientras la gente aún corea “Héroes, Héroes, Héroes…”. La penúltima es Malas Intenciones y llega el gran momento. El más íntimo de todo el concierto. El que para muchos, significará que otro milagro es posible aunque queramos convencernos de que es parte de la función. En el centro del escenario, bajo la batería, se sienta Juan Valdivia. A su lado, se sienta Enrique. Se miran, sonríen, cuchichean e incluso Bunbury le pone la mano sobre el hombro. Sevilla, con un poquito de guasa, responde: “que se besen, que se besen”. Bunbury ríe. ¿Quién sabe de qué hablarían? Valdivia comienza los primeros acordes de En Brazos de la Fiebre. La oscuridad ha vuelto. El foco principal se dirige a Juan Valdivia. Los secundarios, a Bunbury y a Gox “el Alquimista” Valdivia. El público está cautivado. La magia flota en el ambiente. Los 70 mil espectadores no han dejado ni un sólo segundo de apoyar al grupo con sus voces… Pero el final se acerca. Aún queda un momento único. Irrepetible. Memorable. Se acerca el sólo final. Es el momento del maestro Valdivia. El foco principal vuelve a centrarse en su figura. Bunbury se arrodilla ante él. Toma uno de los focos del escenario y llevándolo consigo, no deja de iluminar a Juan Valdivia. El éxtasis se extiende entre la masa y el movimiento causa furor, alcanzando tremendas cotas de plasticidad y armonía. Llegando al final del tema, Bunbury se gira. Sigue portando el foco… y ahora es iluminado el público. Como si una oleada de luz brotara de sus manos, las manos del público van vibrando a medida que reciben la luz desde el escenario… Bendecidos.

Y llega el final. Fuegos artificiales y fiesta por todo lo alto. Con un mensaje claro. Apuesten, apuesten por el Rock & Roll

Heroes del Silencio - Rarezas

yo no puedo darte el corazón
iré donde quieran mis botas
y si quieres que te diga qué hay que hacer
te diré apuestes por mi derrota.

quítate la ropa, así está bien
no dejes nada por hacer
si has venido a comprarme, lárgate
si vas a venir conmigo, agárrate.

larguémonos, chica, hacia el mar
no hay amanecer en esta ciudad
y no sé si nací para correr
pero quizás sí que nací para apostar.

sé que ya nada va ocurrir
pero ahora estoy contra las cuerdas
y no veo ni una forma de salir
pero voy a apostar fuerte mientras pueda.

larguémonos, chica, hacia el mar
no hay amanecer en esta ciudad
y no sé si nací para correr
pero quizás sí que nací para apostar.

ya no puedo darte el corazón
perdí mi apuesta por el rock and roll
es la deuda que tengo que pagar
y ya no tiene sentido abandonar
ya no tiene sentido abandonar
oh , oh, oh, no late el corazón.